El acuerdo nuclear entre EEUU e Irán: entre el optimismo de Trump y el escepticismo de Teherán
Washington y Pakistán anunciaron la firma inminente de un memorando de entendimiento para este domingo, pero Irán enfrió las expectativas y descartó cerrar el trato en ese plazo, revelando las profundas distancias que aún separan a las partes.

Un domingo que no fue
El sábado parecía el preludio de un momento histórico. El primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif declaró con total convicción que Estados Unidos e Irán estaban «más cerca de un acuerdo de paz que nunca antes» y que la firma del memorando de entendimiento era cuestión de horas. Desde Washington, Donald Trump reforzó ese optimismo con su característica estridencia: «Está previsto que el acuerdo se firme mañana e, inmediatamente después de su firma, el estrecho de Ormuz quedará abierto para todos». El vicepresidente JD Vance llegó a contemplar la posibilidad de viajar a Ginebra para rubricar el documento en persona. Sin embargo, Teherán se encargó de desinflar las expectativas casi en tiempo real: un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní descartó que la firma fuera a producirse ese domingo, devolviendo la negociación a la opacidad diplomática de la que parecía estar saliendo. Lo que quedó en pie fue, al menos, la confirmación de que existe un texto: Pakistán aseguró que ambas partes han alcanzado «un texto definitivo y consensuado del acuerdo», aunque su entrada en vigor siga siendo incierta.
Pakistán, el mediador inesperado
Uno de los elementos más llamativos de esta ronda de negociaciones es el papel central que ha desempeñado Islamabad. Pakistán no es un actor tradicional en la diplomacia nuclear iraní —ese rol correspondía históricamente a las potencias europeas, Rusia y China en el marco del JCPOA— pero en este nuevo ciclo negociador ha emergido como canal privilegiado entre Washington y Teherán. El primer ministro Shehbaz Sharif no solo ha actuado como mensajero, sino que ha tomado la iniciativa de comunicar públicamente los avances, lo que le sitúa en una posición delicada: si el acuerdo no prospera, habrá quemado credibilidad diplomática innecesariamente; si se cierra, Pakistán se consolida como potencia mediadora regional en un momento en que busca influencia geopolítica propia.
La elección de Pakistán como interlocutor responde a una lógica pragmática. Islamabad mantiene relaciones funcionales tanto con Teherán —con quien comparte frontera y lazos históricos— como con Washington, del que depende en materia de seguridad y financiación internacional. No es la primera vez que el país actúa de bisagra en contextos de alta tensión: ya lo hizo en los años setenta facilitando el histórico acercamiento entre Nixon y China. En esta ocasión, la apuesta puede resultar igual de transformadora o puede quedarse en nada.
El contenido del acuerdo: qué se negocia realmente
Aunque los detalles precisos del memorando de entendimiento no han sido divulgados en su totalidad, el material disponible permite identificar los ejes principales de la negociación. El primero y más urgente es el programa nuclear iraní: el acuerdo buscaría establecer límites verificables al enriquecimiento de uranio a cambio de un alivio gradual de las sanciones occidentales. El segundo eje, no menos importante, son los activos congelados que Irán reclama a Estados Unidos.
Desde la revolución islámica de 1979 y, sobre todo, tras la ruptura del JCPOA en 2018 impulsada por el propio Trump durante su primer mandato, Irán ha acumulado miles de millones de dólares en activos bloqueados en bancos y mercados financieros internacionales bajo presión estadounidense. Teherán exige su desbloqueo como condición innegociable en cualquier acuerdo. Washington, por su parte, quiere garantías nucleares previas antes de liberar esos fondos. Este pulso sobre el orden de las concesiones —quién da el primer paso— ha sido históricamente uno de los principales escollos en cualquier negociación bilateral, y todo apunta a que sigue siéndolo ahora.
El tercer elemento es el estrecho de Ormuz, mencionado explícitamente por Trump en su declaración. Este canal marítimo, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, ha sido utilizado por Irán como carta de presión en múltiples ocasiones: amenazas de cierre, incidentes con petroleros, maniobras militares. Que Trump lo incluya como punto de un acuerdo sugiere que la libertad de navegación forma parte del paquete negociador, lo cual tiene enormes implicaciones para los mercados energéticos globales.
Por qué Irán frena: el peso de la desconfianza histórica
La cautela iraní ante los anuncios de Washington y Pakistán no es caprichosa ni puramente táctica. Responde a una acumulación de desengaños diplomáticos que ha marcado la relación bilateral durante décadas. El más reciente y doloroso fue la retirada unilateral de Trump del JCPOA en 2018. Ese acuerdo, negociado durante años por la administración Obama junto a las potencias europeas, Rusia y China, había supuesto el mayor avance diplomático en la historia de las relaciones entre Irán y Occidente. Trump lo calificó de «el peor acuerdo jamás negociado» y lo abandonó reimponiendo sanciones máximas que hundieron la economía iraní.
Ahora es el mismo Trump quien pide a Irán que confíe en un nuevo acuerdo, y quien anuncia su firma con la misma seguridad con que entonces anunció su destrucción. Desde la perspectiva del liderazgo iraní, firmar apresuradamente —en el plazo de 24 horas que reclamaba Sharif— equivaldría a una capitulación simbólica ante las mismas presiones que ya cedieron una vez sin resultados duraderos. El guía supremo Alí Jamenei, que tiene la última palabra en política exterior, ha sido consistentemente escéptico sobre las negociaciones directas con Washington, y sus posiciones no parecen haber cambiado sustancialmente.
Además, Irán atraviesa un momento interno complejo. El presidente Masud Pezeshkian, considerado reformista, tiene incentivos para alcanzar un acuerdo que alivie la presión económica sobre la población. Pero cualquier concesión visible ante EEUU puede ser instrumentalizada por los sectores más duros del régimen para debilitarle políticamente. Esta tensión interna explica en parte los mensajes contradictorios que emite Teherán: negociar, sí, pero nunca con prisa ni apariencia de debilidad.
El papel de Vance y la señal sobre las sanciones
La posible visita de JD Vance a Ginebra para rubricar el acuerdo habría representado el mayor gesto diplomático de la administración Trump hacia Irán en décadas. El vicepresidente admitió públicamente que Irán podría beneficiarse del levantamiento de sanciones, aunque precisó que ese beneficio no llegaría «inmediatamente por firmar un papel o asistir a una reunión». Esta matización es significativa: indica que Washington está dispuesto a ofrecer alivio sancionador, pero de manera escalonada y condicionada a verificaciones concretas, no como gesto de buena voluntad inicial.
Esa postura es coherente con la lógica de «máxima presión» que ha caracterizado la política exterior trumpiana, pero plantea un dilema estructural: si las sanciones no se levantan de inmediato, el incentivo iraní para firmar se reduce considerablemente. Teherán ha aprendido —precisamente del JCPOA— que los beneficios económicos prometidos pueden tardar años en materializarse o desaparecer de un plumazo presidencial. Exigir compromisos nucleares a cambio de promesas futuras de alivio no es una propuesta especialmente atractiva para un régimen que desconfía profundamente de la palabra de Washington.
El estrecho de Ormuz como palanca geopolítica
La mención explícita de Trump al estrecho de Ormuz coloca este punto geográfico en el centro del debate internacional. El estrecho, situado entre Irán y Omán, conecta el golfo Pérsico con el mar de Arabia y es la arteria por la que fluye la mayor parte del petróleo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Irak hacia los mercados asiáticos y europeos. Cualquier interrupción de ese tráfico tendría consecuencias inmediatas sobre los precios del crudo a escala mundial.
En los últimos años, Irán ha utilizado el estrecho como elemento disuasorio: incidentes con buques petroleros, capturas de embarcaciones bajo acusaciones diversas, y maniobras militares periódicas han mantenido en vilo a los mercados energéticos. Si el acuerdo incluyera garantías explícitas de libre navegación, sería un logro diplomático de primer orden con impacto directo sobre la economía global. Sin embargo, la inclusión de este punto también eleva el listón de las exigencias iraníes: ceder soberanía simbólica sobre el estrecho —o simplemente comprometerse a no usarlo como instrumento de presión— es una concesión políticamente costosa para cualquier gobierno en Teherán.
Escenarios posibles: del acuerdo histórico al impasse prolongado
La situación actual admite varios desenlaces, ninguno de ellos descartable.
Acuerdo en semanas: Si las partes han alcanzado efectivamente un texto consensuado —como afirma Pakistán—, la firma podría producirse en los próximos días o semanas, con un calendario de implementación escalonada. Sería el mayor logro diplomático del segundo mandato de Trump y aliviaría tensiones regionales acumuladas durante años.
Acuerdo parcial o marco preliminar: Una opción intermedia consistiría en firmar un memorando de entendimiento de carácter general que fije principios y plazos, dejando los detalles técnicos —verificación nuclear, calendario de sanciones, activos congelados— para negociaciones posteriores. Este tipo de «acuerdo sobre el acuerdo» tiene antecedentes en la diplomacia internacional y permite que ambas partes anuncien victorias sin haber resuelto los problemas de fondo.
Ruptura y escalada: Si la desconfianza mutua impide avanzar, la alternativa es un regreso a la tensión máxima. Irán podría acelerar su programa nuclear como señal de fuerza; EEUU podría endurecer las sanciones o explorar opciones militares junto a Israel, que sigue mirando con profunda inquietud cualquier acuerdo que no garantice el desmantelamiento total de la capacidad nuclear iraní.
Impasse indefinido: El escenario más probable a corto plazo es que las negociaciones continúen en la discreción diplomática, sin firma ni ruptura definitiva, mientras ambas partes gestionan sus presiones internas y esperan el momento políticamente más favorable.
Lo que revelan estas 48 horas
Más allá del resultado concreto de este fin de semana —que terminó sin firma—, los movimientos de las últimas 48 horas revelan algo importante: la voluntad negociadora existe en ambos lados, aunque a ritmos y con condiciones distintas. El hecho de que Trump anuncie públicamente la firma de un acuerdo con Irán —país que en su primer mandato amenazó con destruir— indica un cambio de enfoque estratégico. El hecho de que Irán no rechace negociar, sino solo ralentice el proceso, sugiere que Teherán también tiene incentivos para llegar a un entendimiento.
Pakistán, por su parte, ha asumido un riesgo diplomático considerable al adelantar los tiempos. Si el acuerdo se cierra finalmente, Islamabad habrá demostrado una capacidad mediadora que le abre nuevos espacios de influencia regional e internacional. Si fracasa, habrá evidenciado la fragilidad de confiar en compromisos no verificados.
Lo que no está en duda es que el mundo observa con atención este proceso. Un acuerdo nuclear entre Washington y Teherán reconfiguararía los equilibrios de poder en Oriente Próximo, afectaría a los mercados energéticos globales y enviaría una señal sobre las posibilidades reales de la diplomacia en una era marcada por la confrontación. La pregunta ya no es si hay voluntad de negociar, sino si esa voluntad es suficiente para superar décadas de desconfianza acumulada.
Fuentes
Sobre el autor
Redazione NotiziHubLa Redacción de NotiziHub selecciona de los principales medios las noticias que importan y las cuenta de forma clara y verificable, citando siempre las fuentes. Los artículos se producen con nuestro sistema editorial y la ayuda de la inteligencia artificial: el método se explica en la Línea editorial.


