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León XIV en España: entre la multitud y las preguntas sobre el coste, el mensaje político y el papel del Papa en una sociedad cada vez más laica

La visita del nuevo pontífice a Madrid genera fervor entre los creyentes, pero también un debate de fondo sobre quién paga la visita, qué impacto real deja y si la Iglesia sigue teniendo algo que decir en una España que se aleja de la fe.

El papa León XIV saluda a una multitud durante su visita a España
Foto: Damir K . / Pexels

Un papa nuevo ante una España diferente

La llegada de León XIV a España ha despertado un entusiasmo que no se veía desde hace años en las calles de Madrid. Imágenes de multitudes, banderas amarillas y blancas, fieles que llevan días esperando un momento que, para muchos, tiene dimensión histórica. Sin embargo, más allá del fervor genuino de millones de católicos, la visita del nuevo pontífice —el primero con este nombre en siglos— plantea preguntas que van mucho más allá de lo espiritual: ¿qué mensaje político deja León XIV?, ¿quién financia el acontecimiento?, ¿y qué valor tiene todo esto en un país donde la fe practicada retrocede año tras año?

España fue durante siglos uno de los pilares del catolicismo mundial. Hoy es una sociedad en transición: mayoritariamente bautizada, pero con una práctica religiosa en declive sostenido. El contraste entre la magnitud del evento y la realidad sociológica del país convierte esta visita en un espejo donde se reflejan tensiones profundas sobre identidad, política, dinero público y el papel de las instituciones religiosas en la vida colectiva.

Ante el Congreso: inmigración, aborto y crispación política

El momento más cargado de simbolismo y de contenido político de la visita ha sido la intervención de León XIV ante el Congreso de los Diputados. El papa pidió con claridad "una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración" para los inmigrantes, un mensaje que llega en un contexto en el que la política migratoria es uno de los ejes más calientes del debate español y europeo. No es un mensaje nuevo para la Iglesia, pero adquiere otro peso cuando lo pronuncia el máximo líder de una institución que cuenta con más de mil millones de fieles en el mundo.

Pero el discurso ante el parlamento español no fue solo sobre migración. León XIV también se pronunció contra el aborto y la eutanasia, dos cuestiones en las que la posición de la Iglesia choca frontalmente con la legislación vigente en España. En materia de interrupción voluntaria del embarazo, el país cuenta con una ley que ha ampliado recientemente los derechos de las mujeres, y la eutanasia es legal desde 2021. Las palabras del papa, pues, no son un mensaje en el vacío: son una interpelación directa a los poderes públicos y a la sociedad sobre decisiones que ya han sido tomadas democráticamente.

Igualmente significativa fue su crítica a la crispación política, un fenómeno que en España alcanza cotas especialmente visibles en la confrontación entre bloques. León XIV, sin señalar a nadie en concreto, lanzó un aviso a los actores políticos que instrumentalizan la religión o la moral como arma de combate. Una advertencia que, según el contexto en que se lea, puede interpretarse como dirigida tanto a la derecha como a la izquierda.

El recado a los ultras: fe sin fraternidad no es fe

Uno de los pasajes que más ha dado que hablar en los círculos políticos y mediáticos ha sido la crítica implícita del papa a quienes, en sus palabras, "se arrodillan ante Dios y desprecian a los hermanos". La frase es densa y tiene un destinatario bastante reconocible: los sectores de la derecha populista o de la extrema derecha que apelan a la identidad cristiana como elemento de exclusión cultural o étnica, pero cuya política contradice los valores de solidaridad que proclaman profesar.

Este tipo de mensaje no es nuevo en el pontificado actual, y ya había marcado la línea del papa Francisco antes que León XIV. La novedad es que este nuevo pontífice lleva ese discurso a un país, España, donde Vox y otros actores de la derecha radical llevan años usando la cruz como símbolo identitario frente a la inmigración y el Islam. Decir, desde el altar más alto del catolicismo, que esa operación es una contradicción teológica tiene un peso político considerable, aunque sus efectos prácticos sean difíciles de medir.

La visita a la Conferencia Episcopal también ha permitido ver al papa en un registro diferente: más íntimo, más eclesiástico, alejado del foco mediático. El encuentro con los obispos españoles es un espacio donde se discuten no solo las grandes declaraciones públicas, sino la gestión cotidiana de una institución que atraviesa sus propias crisis: la pérdida de fieles, los casos de abusos que todavía no han sido procesados en toda su extensión, y la búsqueda de un lenguaje que resuene en generaciones más jóvenes.

¿Quién paga la visita del Papa?

Detrás del espectáculo visible —los escenarios, los sistemas de sonido, los dispositivos de seguridad, las retransmisiones en directo— hay una pregunta legítima y menos glamurosa: ¿cuánto cuesta todo esto y quién lo financia?

Las visitas papales son eventos de una complejidad logística comparable a la de los grandes eventos deportivos internacionales. Implican movilización de fuerzas de seguridad del Estado, adaptación de infraestructuras urbanas, cortes de tráfico, dispositivos sanitarios y de emergencias, además del coste organizativo propio de la Iglesia y sus patrocinadores. En España, como en otros países, el debate sobre la separación entre el gasto público y el gasto privado-religioso en este tipo de eventos es recurrente y políticamente sensible.

A esto se suma la presencia de grandes empresas patrocinadoras. La lógica de las corporaciones es sencilla: un evento que reúne a cientos de miles de personas, con cobertura mediática global y un impacto de imagen difícilmente comparable, es una oportunidad de visibilidad que vale millones. El resultado es una fusión entre espiritualidad y márketing que muchos fieles ni perciben y que otros observadores consideran una distorsión del mensaje original.

Las organizaciones laicas y los partidos de izquierda han vuelto a plantear si los recursos públicos destinados a garantizar la seguridad y la logística de la visita están justificados en un Estado que se define como aconfesional. Es una discusión que en España tiene raíces profundas: el Concordato con la Santa Sede, la financiación de la Iglesia a través del IRPF y las exenciones fiscales de las que goza la institución forman parte de un debate inconcluso sobre la relación entre el Estado y la religión.

Una España que se aleja de la Iglesia, pero mira la visita

Los datos del CIS y de otras encuestas sociológicas muestran una tendencia inequívoca: España es cada vez menos católica practicante. Si hace tres décadas más de la mitad de la población se declaraba practicante habitual, hoy esa cifra está muy por debajo, y entre los jóvenes la desconexión es aún más marcada. El número de personas que se identifican como no creyentes o agnósticas ha crecido de forma sostenida.

Este cambio sociológico pone en perspectiva el impacto real de la visita papal. Para los creyentes, es un acontecimiento sin parangón: ver al papa en vivo, escucharle, sentirse parte de algo universal tiene una dimensión que va más allá de la política o el análisis racional. Para los no creyentes, la visita puede resultar indiferente, costosa o directamente incómoda si sienten que la esfera pública queda dominada por un evento de una religión con la que no se identifican.

Pero hay también una franja intermedia —la de los bautizados que no practican, la de quienes tienen una relación cultural con el catolicismo sin comulgar con sus dogmas— que observa la visita con una mezcla de curiosidad, nostalgia y distancia crítica. Esta franja es quizá la más interesante sociológicamente, porque refleja la ambivalencia de una sociedad que no ha roto del todo con su pasado cristiano pero tampoco se reconoce plenamente en él.

El mensaje que queda: ¿tiene peso real?

Las visitas papales producen imágenes poderosas, titulares sonoros y momentos de emoción colectiva. Pero la pregunta que plantean los analistas más críticos es si ese impacto se traduce en algo concreto: ¿cambia la política migratoria porque el papa pide integración?, ¿se modifica la legislación sobre el aborto por las palabras de León XIV en el Congreso?, ¿mengua la crispación política porque el pontífice llama a la moderación?

La respuesta honesta es que el impacto directo es limitado. Los gobiernos no cambian sus políticas por los discursos papales, salvo en países donde la Iglesia tiene un peso institucional determinante, que no es el caso de la España actual. Sin embargo, sería erróneo concluir que estas visitas son irrelevantes. Su función es, en gran medida, simbólica y de largo plazo: refuerzan comunidades, articulan valores, ponen en el espacio público temas que de otro modo quedarían relegados.

La denuncia de la crispación política por parte de León XIV, por ejemplo, puede no cambiar nada mañana, pero contribuye a un relato —el de la moderación, el diálogo, la fraternidad— que compite con otros relatos más hostiles en el espacio público. Del mismo modo, el llamamiento a integrar a los inmigrantes no es una política, pero sí una interpelación moral que las comunidades católicas pueden interiorizar y trasladar a su acción cotidiana, a su voto, a su militancia social.

Un papa nuevo, ¿una Iglesia nueva?

La elección de León XIV supuso una novedad en la historia reciente del papado, y España es uno de los primeros grandes escenarios en los que el nuevo pontífice despliega su estilo y su agenda. El tono que ha adoptado —crítico con los extremismos, defensor de los más vulnerables, dispuesto a confrontar a los que usan la religión como coartada política— sugiere una continuidad con la línea del papa Francisco, aunque con matices propios.

El hecho de que León XIV haya elegido enfatizar la acogida a los inmigrantes, la crítica a la demagogia y la denuncia de la hipocresía religiosa como ejes de su mensaje en España dice algo sobre cómo el Vaticano lee la situación política europea: con preocupación ante el avance de los populismos que instrumentalizan la identidad cristiana y con la voluntad de reivindicar que la fe, si es auténtica, obliga a hacerse cargo del otro.

Si ese mensaje cala o se diluye en el espectáculo mediático de la visita es algo que solo el tiempo podrá decir. Lo que sí es cierto es que León XIV ha llegado a España con voluntad de decir cosas incómodas, no solo de presidir misas multitudinarias. Y eso, en sí mismo, ya es noticia.

Conclusión: el debate que la visita abre

Más allá de la logística, los discursos y las multitudes, la visita de León XIV pone sobre la mesa preguntas que España tardará en responder: ¿qué relación quiere tener con la Iglesia en el siglo XXI?, ¿cómo se gestiona el espacio público en una sociedad pluralista?, ¿tiene la religión algo que aportar al debate político o debe quedar confinada al ámbito privado?

No hay respuestas fáciles. Lo que sí hay es una oportunidad para que la sociedad española, creyente o no, reflexione sobre estas preguntas con más seriedad de la que suele dedicarles. Eso, quizá, es la utilidad última de una visita papal en tiempos de laicización: no resolver los grandes debates, sino obligar a plantearlos.

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