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EE UU e Irán alcanzan un acuerdo de paz: apertura del estrecho de Ormuz y cese de hostilidades tras cuatro meses de guerra

Washington y Teherán anuncian el fin del conflicto armado que comenzó a principios de año, con la firma prevista en Suiza y la promesa de reabrir la arteria energética más estratégica del mundo, mientras Israel reacciona con decepción y mantiene su ofensiva en el Líbano.

Vista aérea del estrecho de Ormuz, la vía marítima más estratégica del mundo, cuya reapertura forma parte del acuerdo entre EE UU e Irán
Foto: dom free / Pexels

El anuncio que cambia el mapa de Oriente Medio

Después de casi cuatro meses de un conflicto armado que amenazó con desestabilizar toda la región del Golfo Pérsico y sacudir los mercados energéticos mundiales, Estados Unidos e Irán han anunciado un acuerdo para poner fin a la guerra. Donald Trump lo comunicó en su plataforma Truth Social con un tono triunfal característico: «El acuerdo con la República Islámica de Irán ya está cerrado. ¡Felicidades a todos!». Pocas horas después, el presidente estadounidense añadió que autorizaba «plenamente» la reapertura del estrecho de Ormuz «sin peajes», poniendo fin así al bloqueo que Teherán había impuesto sobre la arteria marítima por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo. El pacto, que será formalizado el viernes en Suiza, incluye una extensión de la tregua y el compromiso al cese inmediato de las hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano, según confirmó Pakistán, país que actuó como mediador en las negociaciones.

Cuatro meses de guerra: el contexto que explica la urgencia del acuerdo

El conflicto entre Washington y Teherán estalló a principios de año en un contexto de máxima tensión regional heredado de años de escalada. Las hostilidades directas entre fuerzas estadounidenses e iraníes —algo que durante décadas ambas potencias habían evitado cuidadosamente mediante el uso de intermediarios— transformaron radicalmente la dinámica geopolítica de Oriente Medio. El cierre del estrecho de Ormuz, ejecutado por Irán como represalia y como palanca de presión, fue quizás la medida de mayor impacto económico global del conflicto: con él quedaron comprometidos los suministros de petróleo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar e Irak, países que dependen de ese angosto corredor marítimo para exportar sus hidrocarburos.

Los cuatro meses de combates dejaron un panorama de destrucción extendido a varios frentes. El Líbano volvió a convertirse en escenario de bombardeos intensos, en gran parte a manos de Israel, que aprovechó la cobertura del conflicto mayor para continuar y ampliar sus operaciones militares. Hezbollah, aliado estratégico de Irán, fue el principal objetivo declarado por Tel Aviv, aunque los ataques afectaron también a infraestructuras civiles y barrios de Beirut. Este telón de fondo complica la aplicación del acuerdo en la práctica, especialmente en lo que respecta al «cese inmediato de las hostilidades en todos los frentes».

Pakistán como mediador y Suiza como sede: la arquitectura diplomática del pacto

Que sea Pakistán quien haya confirmado los compromisos de ambas partes no es un dato menor. Islamabad ha ejercido históricamente un papel de intermediario discreto entre actores del mundo musulmán y potencias occidentales, y su implicación sugiere que las negociaciones fueron más largas y complejas de lo que los anuncios públicos indican. El papel de Suiza como sede para la firma formal —un país con una larga tradición de neutralidad y con sede de representación de intereses tanto de EE UU en Irán como viceversa— tampoco es casual. Desde que ambos países rompieron relaciones diplomáticas formales en 1980, tras la crisis de los rehenes en Teherán, Berna ha actuado como canal oficial de comunicación entre las dos capitales.

Los detalles técnicos del acuerdo no han sido divulgados en su totalidad, pero la comunidad internacional ha reaccionado de inmediato exigiendo la reapertura «inmediata y sin peajes» del estrecho de Ormuz, una formulación que sugiere que la cuestión del libre tránsito fue uno de los puntos centrales de la negociación. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, celebró el anuncio y expresó su esperanza de que el pacto ponga fin al «sinsentido» del conflicto, en línea con la posición mayoritaria de los socios europeos, que habían presionado discretamente para que ambas partes volvieran a la mesa.

El estrecho de Ormuz: por qué 33 kilómetros pueden paralizar la economía mundial

Para entender el alcance del acuerdo, basta con poner en perspectiva lo que representa el estrecho de Ormuz. Con apenas 33 kilómetros en su punto más estrecho, este canal entre Irán y Omán es el paso obligado de entre 17 y 21 millones de barriles de petróleo al día, según diversas estimaciones, lo que equivale a entre el 20 y el 25 por ciento del comercio mundial de crudo. Durante los meses de cierre, los precios del petróleo se dispararon, los países importadores activaron reservas estratégicas y algunas economías asiáticas —entre ellas China, Japón, Corea del Sur e India, todos fuertemente dependientes del petróleo del Golfo— sufrieron un severo impacto en sus balanzas de pagos y en sus industrias.

La reapertura del estrecho no solo tiene consecuencias energéticas. El corredor sirve también para el tránsito de gas natural licuado (GNL) procedente de Qatar, uno de los mayores exportadores mundiales. La interrupción prolongada había generado una crisis de suministro en Europa, que aún lucha por diversificar sus fuentes de energía tras el conflicto con Rusia. En este sentido, el acuerdo entre Washington y Teherán llega en un momento crítico para la seguridad energética occidental, y su anuncio se tradujo inmediatamente en una caída significativa de los precios del petróleo en los mercados internacionales.

La reacción de Israel: decepción contenida y desafíos sobre el terreno

Si hay un actor que ha recibido el anuncio con profunda incomodidad, ese es Israel. Según fuentes citadas por El Mundo, el liderazgo israelí considera el acuerdo «pésimo» por dos razones fundamentales: primero, porque refuerza la legitimidad y la supervivencia del régimen iraní, al que Tel Aviv considera su enemigo existencial; segundo, y de manera especialmente crítica para el gobierno de Benjamín Netanyahu, porque el pacto no contempla el desmantelamiento del programa nuclear de Irán, una línea roja que Israel ha defendido durante años como condición innegociable para cualquier arreglo con Teherán.

Sin embargo, el liderazgo israelí ha optado por no confrontar públicamente a Trump, consciente de la dependencia estratégica que Tel Aviv mantiene con Washington en términos de armamento, financiación y respaldo diplomático en foros internacionales. Esta tensión entre el rechazo privado y la contención pública define la postura israelí en las horas posteriores al anuncio.

Más elocuentes que las palabras son los hechos sobre el terreno. El propio Trump tuvo que censurar públicamente los bombardeos israelíes contra Beirut producidos justo cuando las negociaciones estaban en su fase más delicada: «No debería haberse producido, estamos muy cerca de un acuerdo de paz», escribió el presidente estadounidense en un tono inusualmente crítico con su aliado. A pesar del acuerdo ya firmado, Israel ha declarado que seguirá «ocupando y demoliendo casas en el sur del Líbano», una postura que el ministro de Exteriores iraní ha rechazado de forma expresa, instando a Tel Aviv a detener sus ataques contra el país vecino.

Esta disonancia entre el cese al fuego anunciado y las operaciones militares israelíes en curso representa probablemente el mayor escollo para la consolidación del acuerdo. El Líbano, que no fue parte negociadora directa en las conversaciones entre Washington y Teherán, queda en una posición especialmente vulnerable: ha padecido los efectos del conflicto sin haber tenido voz en su resolución.

Las implicaciones regionales: ¿el principio del fin de un ciclo de guerra?

El acuerdo entre EE UU e Irán, si se sostiene, podría tener implicaciones que van mucho más allá de los dos países firmantes. Durante décadas, la rivalidad entre Washington y Teherán ha estructurado buena parte de la política de Oriente Medio, alimentando conflictos por delegación desde Yemen hasta Siria, desde Irak hasta el Líbano. Un distensión real entre las dos potencias podría alterar los equilibrios de poder en toda la región.

En el plano nuclear, sin embargo, las incógnitas son mayores. El acuerdo no parece haber resuelto la cuestión del enriquecimiento de uranio por parte de Irán, que según diversas estimaciones ha alcanzado niveles cercanos a los necesarios para fabricar un arma atómica. Israel lleva años advirtiendo de este riesgo, y la ausencia de garantías verificables sobre el programa nuclear iraní en el texto del acuerdo es, precisamente, la fuente principal de la inquietud en Tel Aviv y en algunos capitales europeas.

Por otro lado, el papel que desempeñará Irán en la reconstrucción de su influencia regional —a través de Hezbollah en el Líbano, de las milicias chiitas en Irak, de los hutíes en Yemen— sigue siendo una variable abierta. Un Irán que salga del conflicto con su régimen intacto y con el estrecho de Ormuz bajo control podría, a medio plazo, consolidar su posición como potencia regional dominante, algo que las monarquías del Golfo observan con aprensión.

El papel de Trump y el estilo de la diplomacia transaccional

La forma en que Trump ha gestionado este acuerdo es reveladora de su estilo diplomático, que prima los resultados espectaculares y la comunicación directa sobre los procesos institucionales. Anunciar un acuerdo de paz en Truth Social antes de que se firme formalmente en Suiza, censurar en redes sociales a un aliado estratégico por obstaculizar las negociaciones o reclamar el crédito personal del éxito son marcas de fábrica de su forma de ejercer la política exterior.

Esta aproximación tiene ventajas e inconvenientes. A favor: la determinación personal del presidente puede desbloquear situaciones que la burocracia diplomática habría dejado enquistadas durante años. En contra: los acuerdos concluidos a ritmo acelerado y sin una arquitectura institucional robusta son más frágiles, más susceptibles a incumplimientos y más difíciles de supervisar. La historia de los pactos de Oriente Medio está llena de acuerdos que se celebraron con fanfarria y se evaporaron en cuestión de meses.

Lo que está claro es que, si el acuerdo se sostiene, Trump podrá presentarlo como uno de los mayores logros de política exterior de su presidencia: el fin de un conflicto armado directo con Irán y la reapertura de la arteria energética más importante del planeta. En un año en que la política doméstica estadounidense sigue siendo convulsa, un éxito de esta magnitud en el exterior tendría un valor político considerable.

Qué viene ahora: el frágil camino hacia una paz duradera

La firma prevista para el viernes en Suiza es solo el primer paso de un proceso que será largo y complicado. Varias cuestiones permanecen abiertas y representan potenciales puntos de ruptura:

  • El Líbano y las operaciones israelíes: Israel ha dejado claro que no se siente vinculado por el acuerdo bilateral entre Washington y Teherán. La presión internacional y, sobre todo, la presión estadounidense serán decisivas para lograr un cese real de hostilidades en el territorio libanés.
  • El programa nuclear iraní: La ausencia de compromisos verificables sobre el enriquecimiento de uranio deja pendiente la cuestión más explosiva a largo plazo. Es probable que este punto sea objeto de negociaciones separadas en las próximas semanas o meses.
  • La reapertura efectiva de Ormuz: Trump ha «autorizado» la reapertura, pero Irán controla físicamente el acceso. La logística y el calendario concreto de la normalización del tráfico marítimo están por determinar.
  • Los actores no estatales: Hezbollah, los hutíes y otras milicias vinculadas a Irán no han suscrito ningún compromiso. Su comportamiento en las próximas semanas dirá mucho sobre la voluntad real de Teherán de implementar el acuerdo.
  • La supervisión internacional: ¿Quién garantizará el cumplimiento? Pakistán, que medió, no tiene capacidad para supervisar el cese al fuego. La ONU, debilitada institucionalmente, sería el organismo natural, pero su efectividad en conflictos de esta magnitud es históricamente limitada.

Oriente Medio ha vivido demasiadas falsas auroras como para celebrar precipitadamente. Lo que puede decirse con certeza es que el anuncio de este domingo representa un punto de inflexión: el primer acuerdo directo entre Washington y Teherán en décadas, logrado al cabo de un conflicto abierto que ninguno de los dos quería y que ambos necesitaban terminar. El mundo contiene el aliento.

Fuentes

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