Cultura

La Sagrada Família, a las puertas de su final: qué falta por construir y por qué tardó más de 140 años

El templo de Gaudí acaba de coronar su torre más alta con 172,5 metros, pero aún quedan por resolver dos manzanas residenciales que bloquean la plaza y la escalinata proyectadas para el acceso principal.

Vista de las torres de la Sagrada Família de Barcelona contra el cielo azul, con las grúas de construcción al fondo
Foto: Aliaksei Lepik / Pexels

El hito que marcó el inicio del final

En febrero de este año, los operarios que trabajan en la Sagrada Família colocaron la última pieza de la Torre de Jesús, la más alta de todo el conjunto. Con ese gesto, el templo alcanzó los 172,5 metros de altura y se convirtió, de manera oficial, en el edificio más alto de Barcelona y en la iglesia más elevada del mundo. Para una construcción que lleva más de catorce décadas en obras —la primera piedra se colocó en 1882— el hito tiene un valor simbólico extraordinario: el monumento más reconocible de la capital catalana, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ha entrado en lo que sus responsables llaman la recta final. Sin embargo, «recta final» no significa «inmediata». Entre el templo y su conclusión absoluta se interponen todavía varias tareas arquitectónicas complejas y, sobre todo, un obstáculo urbanístico de primera magnitud que ninguna grúa puede resolver por sí sola: dos manzanas enteras del Eixample barcelonés ocupadas por viviendas y comercios que, según los planos históricos del proyecto, deberían ceder su lugar a una gran escalinata de acceso y a una plaza monumental.

Un templo atrapado por la ciudad

Cuando Antoni Gaudí tomó las riendas del proyecto en 1883 —el arquitecto diocesano Francesc de Paula del Villar había iniciado los trabajos un año antes con un diseño neogótico más convencional—, Barcelona era una ciudad en plena expansión. El Plan Cerdà, aprobado en 1860, estaba transformando los terrenos del antiguo ensanche con su característica cuadrícula de manzanas octogonales, pero los solares del entorno del templo aún no estaban completamente consolidados. Gaudí concibió la Sagrada Família como un edificio que debía relacionarse con su entorno de forma grandiosamente escenográfica: la fachada del Nacimiento miraría al noreste y la fachada de la Gloria, la principal, al suroeste, abriéndose a través de una amplia escalinata y una plaza pública hacia la calle de Mallorca.

El problema es que la ciudad no esperó. A lo largo del siglo XX, el Eixample fue densificándose de manera progresiva. Los solares que en los planos de Gaudí aparecían vacíos o destinados al espacio libre fueron ocupados por edificios residenciales perfectamente legales, construidos según la normativa urbanística vigente en cada momento. Hoy, dos manzanas completas del Eixample —con sus correspondientes vecinos, negocios, historias y derechos adquiridos— se sitúan justo donde el proyecto original contemplaba el acceso monumental a la fachada de la Gloria. El resultado es que el templo más visitado de España, con varios millones de turistas al año, carece de la perspectiva y el espacio público que su arquitecto imaginó para él.

Lo que aún está por construir en el templo

Más allá del problema urbanístico externo, la propia construcción del templo tiene tareas pendientes que, según la Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família, se esperan terminar en torno a 2026, fecha que coincide con el centenario de la muerte de Gaudí. El arquitecto catalán falleció en 1926 atropellado por un tranvía en la calle Gran Via, y fue enterrado en la cripta del propio templo que había dedicado gran parte de su vida a diseñar.

Entre los trabajos pendientes dentro del recinto destacan:

  • La sacristía y los espacios interiores complementarios, que deben completar la funcionalidad litúrgica del templo como basílica menor —título que le otorgó el papa Benedicto XVI en 2010—.
  • Los elementos decorativos y escultóricos de las fachadas ya levantadas, algunos de los cuales siguen en proceso de talla o instalación.
  • Los acabados de las torres ya construidas, cuyas cimas requieren trabajos de remate en piedra y elementos cerámicos siguiendo los criterios cromáticos y formales de Gaudí.
  • La fachada de la Gloria, que es la que mira hacia el sur y que, en términos constructivos, es la menos avanzada de las tres fachadas principales del templo (Nacimiento, Pasión y Gloria).

La fachada de la Gloria es precisamente la que se enfrenta al problema urbanístico antes descrito: su acceso natural quedó clausurado por el desarrollo de la ciudad. Esto plantea una pregunta que los especialistas llevan años debatiendo.

¿Quería Gaudí realmente esa plaza?

Uno de los debates más interesantes que rodean al proyecto tiene que ver con la autenticidad de los planos de la plaza y la escalinata. Existe cierta controversia historiográfica sobre si Gaudí llegó a diseñar con detalle ese espacio exterior o si las proyecciones que lo recogen son interpretaciones posteriores de sus colaboradores y de quienes continuaron la obra tras su muerte.

Gaudí trabajó durante décadas en la Sagrada Família con un método muy poco convencional para su época: no dejó planos acabados y sistemáticos, sino modelos físicos, bocetos, notas y una confianza enorme en la capacidad de sus colaboradores para interpretar su visión. El trágico incendio de 1936, durante la Guerra Civil española, destruyó buena parte de los archivos y maquetas del taller, lo que complicó enormemente la reconstrucción fiel del proyecto original. Los arquitectos que tomaron el relevo —entre ellos Domènec Sugrañes, Isidre Puig Boada, Lluís Bonet i Garí y más tarde Jordi Bonet i Armengol— tuvieron que reconstruir, interpretar y en ocasiones completar la visión de Gaudí a partir de fragmentos, fotografías y testimonios.

Esta situación ha generado críticas intelectuales y arquitectónicas a la Sagrada Família que persisten hasta hoy. Algunos historiadores del arte y arquitectos de renombre han cuestionado si el templo que se está terminando es realmente «el templo de Gaudí» o una reinterpretación contemporánea de su legado. La incorporación de herramientas digitales y modelado paramétrico por ordenador en las últimas décadas ha permitido una coherencia formal mayor, pero también ha acentuado el debate sobre los límites entre la fidelidad histórica y la creación arquitectónica nueva.

El obstáculo urbanístico: dos manzanas, miles de vidas

Volveremos al corazón del problema: las dos manzanas del Eixample que bloquean el acceso monumental. No se trata de solares vacíos ni de terrenos fácilmente adquiribles. Son bloques residenciales habitados, con propietarios privados y arrendatarios, locales comerciales en planta baja y toda la complejidad jurídica y emocional que conlleva cualquier proceso de expropiación o adquisición urbana en una ciudad de las dimensiones y el precio inmobiliario de Barcelona.

La Fundació Junta Constructora ha reconocido en diversas ocasiones que la adquisición de esos terrenos es uno de los grandes retos pendientes. El proceso implica negociaciones con los propietarios actuales, valoraciones económicas, posibles expropiaciones y, en última instancia, la demolición de edificios habitados. En una ciudad donde el acceso a la vivienda es un problema social de primer orden y donde cualquier operación que implique desplazamiento de residentes genera una enorme sensibilidad política, el proyecto no puede avanzar simplemente con voluntad arquitectónica.

El Ayuntamiento de Barcelona ha estado históricamente involucrado en las negociaciones, dado que cualquier modificación del planeamiento urbanístico requiere su participación. Los avances han sido lentos, y no existe actualmente un calendario público claro para la resolución de este asunto. Algunos analistas señalan que, incluso en el escenario más optimista de ejecución del templo en sí —ese horizonte de 2026—, la creación de la plaza y la escalinata podría extenderse durante décadas adicionales, convirtiendo el «final» de la Sagrada Família en un concepto más difuso de lo que los titulares sugieren.

El templo como fenómeno económico y turístico

Más allá de su valor arquitectónico y espiritual, la Sagrada Família es también un fenómeno económico sin parangón en el mundo de los monumentos religiosos. A diferencia de la mayor parte de las catedrales e iglesias del mundo, que dependen de donaciones institucionales, fondos públicos o colectas para sus obras de restauración y mantenimiento, la Sagrada Família se financió durante décadas exclusivamente a través de las entradas de los visitantes y de las donaciones de los fieles.

Esta fórmula, que en sus orígenes fue una apuesta arriesgada impulsada por el propio Gaudí, ha resultado ser extraordinariamente exitosa. El templo atrae cada año a varios millones de turistas —superaba los cuatro millones antes de la pandemia de COVID-19— y los ingresos generados han permitido acelerar notablemente el ritmo de construcción en las últimas décadas. A modo de contraste: si en el siglo XIX y buena parte del XX el avance era extremadamente lento por falta de recursos, en los últimos treinta años se han levantado estructuras equivalentes a lo que antes habría llevado generaciones.

La consolidación del turismo barcelonés, con la Sagrada Família como epicentro, ha creado también tensiones en el barrio del Eixample. Los vecinos del entorno conviven con flujos masivos de visitantes, restricciones de circulación, proliferación de comercio turístico y la constante presencia de obras y andamiajes. La gestión de este equilibrio entre el carácter de obra viva y el impacto en la vida cotidiana del barrio es otro de los desafíos que la Fundació debe abordar de cara al futuro.

Gaudí, de arquitecto excéntrico a santo laico de Barcelona

Ningún análisis de la Sagrada Família estaría completo sin reflexionar sobre la figura de su creador. Antoni Gaudí i Cornet (Reus, 1852 - Barcelona, 1926) pasó de ser considerado en vida un arquitecto excéntrico y difícilmente catalogable —sus contemporáneos no sabían muy bien si admirarle o burlarse de él— a convertirse en el arquitecto español más conocido internacionalmente y en una suerte de santo laico de Barcelona.

Esta sacralización tiene, de hecho, una dimensión literal: desde 2000, la Iglesia católica tiene abierta la causa de beatificación de Gaudí, que fue declarado «Siervo de Dios» por la Santa Sede. Sus defensores destacan no solo su genio creativo sino su profunda religiosidad y su vida de austeridad voluntaria en los últimos años, cuando llegó a vivir prácticamente en el taller de la Sagrada Família. Sus críticos, entre ellos varios arquitectos y pensadores, advierten del riesgo de que la beatificación añada otra capa de intocabilidad a un proyecto que ya es difícilmente cuestionable en el debate público barcelonés.

Lo cierto es que el nombre de Gaudí funciona hoy como una marca global. Sus obras —el Parque Güell, la Casa Batlló, la Casa Milà conocida como «La Pedrera», la Casa Vicens— atraen millones de visitas y generan cientos de millones de euros en actividad turística. La Sagrada Família es la joya de esa corona y el símbolo más poderoso de la arquitectura modernista catalana, un movimiento que tuvo en Barcelona, entre finales del siglo XIX y principios del XX, uno de sus epicentros mundiales.

Un final abierto

La Sagrada Família es, paradójicamente, uno de los edificios más famosos del mundo precisamente porque nunca estuvo terminado. Durante más de un siglo, su imagen con las grúas y los andamios fue parte de su identidad. Ahora que la recta final se dibuja con más nitidez que nunca —la Torre de Jesús coronada, las obras interiores avanzadas, la fecha de 2026 en el horizonte—, surge una pregunta que pocos se habían planteado antes: ¿qué será la Sagrada Família cuando esté terminada?

La respuesta dependerá en gran medida de lo que ocurra con esas dos manzanas que bloquean la perspectiva soñada por Gaudí. Si la ciudad logra resolver el problema urbanístico y crear el espacio público monumental proyectado, el templo podrá ser contemplado tal y como su arquitecto imaginó. Si no lo consigue —o si el proceso se alarga décadas—, la Sagrada Família terminará siendo un edificio extraordinario visto a través de una ranura urbana, magnífico pero incompleto en su relación con la ciudad que le dio vida.

En cualquier caso, lo que está claro es que el templo expiatorio más famoso del mundo seguirá siendo, durante años, una obra en progreso. No ya de piedra y andamios, sino de negociaciones, memorias colectivas y preguntas sin respuesta definitiva sobre qué quiso decir realmente Antoni Gaudí cuando diseñó el acceso al que sería su legado más duradero.

Fuentes

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